En la primera entrada de este
blog mencionaba que anteriormente era autor de otro, dedicado a la naturaleza
de una zona concreta de la Península Ibérica. Pero debido a que me tuve que
trasladar a vivir a otra provincia, la cantidad de material que obtenía
disminuyó drásticamente, decidí no continuar con él antes de que bajara su
calidad.
Migré a Extremadura con un
trabajo bajo el brazo. Muchos pensaréis: “le ha tocado la lotería, aquello
es/debe de ser impresionante”, “Monfragüe, Arrocampo, llanos de Cáceres, La
Serena, Sierra de San Pedro, Moheda Alta, etc.”, “Allí no faltan águilas
imperiales, grullas, buitres negros, elanios ni cigüeña negras”, o simplemente,
“Extremadura, qué suerte tiene el muy cxbrxn”. Y sí, reconozco que he tenido
suerte de estar viviendo en una de las comunidades con una biodiversidad
envidiable, al tenor de los muchos turistas ornitológicos nacionales e
internacionales que vienen a estas tierras. Y aunque tal vez algún extremeño se
indigne como lo que voy a comentar, desde el principio tuve la sensación de que
todo ello se debe al gran tamaño de la comunidad autónoma, sin quitar el mérito
de unos hábitat diversos y hasta el momento correctamente conservados (aunque
también están sufriendo ese desarrollismo y cortoplacismo que son señas de identidad
de nuestra sociedad).
Mi traslado ocurrió en pleno
verano, en un día caluroso de julio. No es la mejor época para salir al campo,
o eso dicen. El caso es que en esos primeros días de verano me animé a conocer
diferentes puntos de los alrededores de Trujillo, donde fijé mi residencia
temporal: Arrocampo, llanos de Santa Marta de Magasca, las Villuercas, y un
pequeño embalse inaugurado en el año 2015 que depara muchas sorpresas (durante
todo el año, aunque más en invierno), Alcollarín. Conocí bastante, y estaba a
punto de establecer algún local patch,
tal vez el embalse de Alcollarín, tenía tan buena pinta…
Total, que dos meses allí y
rápidamente tuve que realizar una nueva mudanza, en esta ocasión hacia el
noroeste de la provincia de Cáceres. Todavía era verano (aquí duran prácticamente hasta octubre…), tenía que empezar
de nuevo en esto de buscar los mejores lugares para la observación de aves y unas primeras salidas
al campo poco fructíferas y repentinamente, caída en la desazón, en el
abatimiento y en la pesadumbre. No sé, ¿existirá una especie de “depresión
ornitológica”, un momento que alguna vez viva todo aficionado y experto en las
aves en el que el gusto por buscarlas, observarlas y estudiarlas no le llene al
110%? Al menos a mí me pasó, lo reconozco y no me avergüenzo. Aunque tal vez no
me ocurriera sólo en esta afición de observar a las aves…ahora que lo pienso
otras aficiones también se vieron resentidas: no leía tanto como antes, tampoco
escuchaba tanta música como antes y en general no hacía lo mismo que antes,
salvo salir a visitar lugares y fotografiarlos (menos mal, quedaba aún algo de
mi yo anterior, y además tenía que aprovechar en conocer estas nuevas tierras
para mí).
Paulatinamente he ido reponiendo
mi vida, y por suerte el ánimo por ir a buscar aves lo recobré con facilidad y
a los pocos meses. Era un 31 de enero, un día de esos que tenemos en el centro
peninsular, con sol y frío, en el que paré en el embalse de Arrocampo. Y allí
estaban, tres pompones negros saliendo del nido, siguiendo a uno de sus padres
mientras el otro esperaba detrás. Era una familia de calamones comunes.
Bastante temprana, sí, pero creo que no es algo raro en esta especie. Mientras
se desarrollaba esta entrañable escena un águila pescadora nos sobrevolaba. Esa
misma mañana había visto otras especies, entre ellas un avefría sociable de
primer invierno que llevaban tiempo viendo por la provincia Cáceres. Pero
realmente me llenó mucho más ver este momento mágico que observar a una rareza.
Puedo decir que ese día fue el
inicio con mi reencuentro con la ornitología, aunque ha tenido que pasar mucho
tiempo hasta que he vuelto a tener un gusto pleno en salir al campo a observar
aves y otros seres vivos.
