domingo, 5 de marzo de 2017

Paisaje ornitológico

Se puede considerar que hablar de “paisaje ornitológico” no tiene razón de ser desde el punto de vista académico, e incluso divulgativo. Son dos términos que difícilmente se pueden asociar debido especialmente a las definiciones dadas para el primero, como pudiera ser la primera acepción del diccionario de la RAE que indica que paisaje es “parte de un territorio que puede ser observada desde un determinado lugar”. Un poco más específica es la definición que propone el Convenio Europeo del Paisaje, que indica que se trata de “cualquier parte del territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”. Aunque ambas definiciones, salvando las distancias, se ajustan a la afición que tenemos por la observación, en este caso de las aves, ya que se realizan “desde un determinado lugar” así como que su carácter o calidad sea el “resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”.

Al igual que el paisaje como tal, el paisaje ornitológico puede variar. Así, a corto plazo se situarían los movimientos desde dormideros a zonas de alimentación; a medio plazo tenemos las migraciones o los movimientos dispersivos, y ya a largo plazo contamos con la aparición y desaparición en el transcurso de los años de poblaciones de determinadas especies de aves.

Así que no es difícil darse cuenta de que nos encontramos ante un paisaje muy dinámico. En los primeros años en esta afición, sin muchos datos, sólo nos fijaremos en aquellos cambios que se producen a corto y medio plazo. Ya con más citas en nuestro cuaderno de campo y/o ajenas, nos iremos dando cuenta de los cambios que se están produciendo a largo plazo, los cuales tristemente se están viendo acelerados debido esencialmente a factores humanos (aumento de la temperatura global, destrucción de hábitats, intensa presión cinegética, suelta y adaptación de especies exóticas, etc.).

Pero incluso en los inicios que tenga cualquier aficionado a la observación de las aves habrá mantenido una charla con un agricultor jubilado de la zona, que le habrá asaltado al verle con prismáticos. En mi caso, al menos dos o tres personas diferentes (que recuerde) me han soltado una fase idéntica de “cómo antes se veían a las ortegas (Pterocles orientalis), a los sisones (Tetrax tetrax) e incluso a las avefrías europeas (Vanellus vanellus) por cualquier sitio. Actualmente ya no se ven o quedan muy pocas.” Desconozco si serán conscientes de que probablemente sean responsables directos y/o indirectos de la probable desaparición de estas especies en los campos españoles en un periodo corto o medio de tiempo, salvo que se tomen medidas con carácter de urgencia.

Sus percepciones no eran ni mucho menos infundadas, pues el descenso de las poblaciones de sisón común o de avefría europea son patentes como así ponen de manifiesto los programas SACRE o SACÍN de SEO/BIRDLIFE. Sus informes anuales son más desesperanzadores ya que no son las únicas especies con tendencias negativas en las zonas agrícolas españolas, como es el caso del alcaudón real (Lanius meridionalis), la codorniz común (Coturnix coturnix) o la tórtola europea (Streptopelia decaocto).
Así, observamos que determinadas especies se van enrareciendo (y la lista es larga) mientras que otras se ven favorecidas por nuestras actividades (o cese de éstas) y van ocupando nuestros ecosistemas. Los ornitólogos con una memoria más amplia nos podrán hablar de la expansión que han tenido determinadas especies desde la década de los 70 del siglo pasado: tórtola turca (Streptopelia decaocto), morito común (Plegadis falcinellus), garceta grande (Egretta alba) o elanio común (Elanus caeruleus), por poner algunos ejemplos. Esta es la parte bonita, ver cómo especies expanden sus territorios de forma natural.

Bengalí rojo

En contrapartida, existen otras muchas que debido a ser muy llamativas para el gran público, son o han sido adquiridas como mascotas. En las grandes ciudades como Barcelona, Madrid, Valencia o Sevilla no es complicado escuchar y ver a las cotorras argentina (Myiopsitta monachus) o de Kramer (Psittacula krameri). Pero estas dos especies no son las únicas que desde hace años han invadido nuestros hábitats. Uno de los hechos que más me sorprendió al llegar a Extremadura fue ver la gran cantidad de gansos del Nilo (Alopochen aegyptiacus) presentes en alguno de sus embalses, aunque tampoco es difícil ver ejemplares dispersos en otros muchos puntos de la geografía extremeña. Tampoco son raros dos pajarillos exóticos, como son el pico de coral común (Estrilda astrild) o el bengalí rojo (Amandava amandava), que se han adaptado perfectamente a diferentes hábitats y cuyas consecuencias iremos conociendo a lo largo del tiempo.

Esta es sólo una pequeña fotografía de la situación actual de nuestras poblaciones de aves, que al compararla con la que realicemos dentro de un lustro, una década o un siglo, veremos que será diferente (tal vez irreconocible). En nuestras manos está que no desaparezcan las autóctonas y a su vez deberíamos no dejar que se asienten las exóticas e invasoras. Pero también será muy interesante el estudio de aquellas especies que por sí mismas se asientan en la Península Ibérica como residentes, reproductores o invernante, sin olvidarnos que en algunos casos será un indicador de que el clima está cambiando.



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