Se
puede considerar que hablar de “paisaje ornitológico” no tiene razón de ser
desde el punto de vista académico, e incluso divulgativo. Son dos términos que difícilmente
se pueden asociar debido especialmente a las definiciones dadas para el
primero, como pudiera ser la primera acepción del diccionario de la RAE que
indica que paisaje es “parte de un territorio que puede ser observada desde un
determinado lugar”. Un poco más específica es la definición que propone el
Convenio Europeo del Paisaje, que indica que se trata de “cualquier parte del
territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de
la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”. Aunque ambas
definiciones, salvando las distancias, se ajustan a la afición que tenemos por
la observación, en este caso de las aves, ya que se realizan “desde un
determinado lugar” así como que su carácter o calidad sea el “resultado de la
acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”.
Al
igual que el paisaje como tal, el paisaje ornitológico puede variar. Así, a
corto plazo se situarían los movimientos desde dormideros a zonas de
alimentación; a medio plazo tenemos las migraciones o los movimientos dispersivos,
y ya a largo plazo contamos con la aparición y desaparición en el transcurso de
los años de poblaciones de determinadas especies de aves.
Así
que no es difícil darse cuenta de que nos encontramos ante un paisaje muy
dinámico. En los primeros años en esta afición, sin muchos datos, sólo nos
fijaremos en aquellos cambios que se producen a corto y medio plazo. Ya con más
citas en nuestro cuaderno de campo y/o ajenas, nos iremos dando cuenta de los
cambios que se están produciendo a largo plazo, los cuales tristemente se están
viendo acelerados debido esencialmente a factores humanos (aumento de la
temperatura global, destrucción de hábitats, intensa presión cinegética, suelta
y adaptación de especies exóticas, etc.).
Pero
incluso en los inicios que tenga cualquier aficionado a la observación de las
aves habrá mantenido una charla con un agricultor jubilado de la zona, que le
habrá asaltado al verle con prismáticos. En mi caso, al menos dos o tres
personas diferentes (que recuerde) me han soltado una fase idéntica de “cómo
antes se veían a las ortegas (Pterocles
orientalis), a los sisones (Tetrax
tetrax) e incluso a las avefrías europeas (Vanellus vanellus) por cualquier sitio. Actualmente ya no se ven o
quedan muy pocas.” Desconozco si serán conscientes de que probablemente sean
responsables directos y/o indirectos de la probable desaparición de estas
especies en los campos españoles en un periodo corto o medio de tiempo, salvo
que se tomen medidas con carácter de urgencia.
Sus
percepciones no eran ni mucho menos infundadas, pues el descenso de las
poblaciones de sisón común o de avefría europea son patentes como así ponen de
manifiesto los programas SACRE o SACÍN de SEO/BIRDLIFE. Sus informes anuales
son más desesperanzadores ya que no son las únicas especies con tendencias
negativas en las zonas agrícolas españolas, como es el caso del alcaudón real (Lanius meridionalis), la codorniz común
(Coturnix coturnix) o la tórtola
europea (Streptopelia decaocto).
Así,
observamos que determinadas especies se van enrareciendo (y la lista es larga) mientras
que otras se ven favorecidas por nuestras actividades (o cese de éstas) y van
ocupando nuestros ecosistemas. Los ornitólogos con una memoria más amplia nos
podrán hablar de la expansión que han tenido determinadas especies desde la
década de los 70 del siglo pasado: tórtola turca (Streptopelia decaocto),
morito común (Plegadis falcinellus),
garceta grande (Egretta alba) o
elanio común (Elanus caeruleus), por
poner algunos ejemplos. Esta es la parte bonita, ver cómo especies expanden sus
territorios de forma natural.
![]() |
| Bengalí rojo |
En
contrapartida, existen otras muchas que debido a ser muy llamativas para el
gran público, son o han sido adquiridas como mascotas. En las grandes ciudades
como Barcelona, Madrid, Valencia o Sevilla no es complicado escuchar y ver a
las cotorras argentina (Myiopsitta
monachus) o de Kramer (Psittacula
krameri). Pero estas dos especies no son las únicas que desde hace años han
invadido nuestros hábitats. Uno de los hechos que más me sorprendió al llegar a
Extremadura fue ver la gran cantidad de gansos del Nilo (Alopochen aegyptiacus) presentes en alguno de sus embalses, aunque
tampoco es difícil ver ejemplares dispersos en otros muchos puntos de la
geografía extremeña. Tampoco son raros dos pajarillos exóticos, como son el
pico de coral común (Estrilda astrild)
o el bengalí rojo (Amandava amandava),
que se han adaptado perfectamente a diferentes hábitats y cuyas consecuencias
iremos conociendo a lo largo del tiempo.
Esta
es sólo una pequeña fotografía de la situación actual de nuestras poblaciones
de aves, que al compararla con la que realicemos dentro de un lustro, una
década o un siglo, veremos que será diferente (tal vez irreconocible). En
nuestras manos está que no desaparezcan las autóctonas y a su vez deberíamos no
dejar que se asienten las exóticas e invasoras. Pero también será muy
interesante el estudio de aquellas especies que por sí mismas se asientan en la
Península Ibérica como residentes, reproductores o invernante, sin olvidarnos
que en algunos casos será un indicador de que el clima está cambiando.

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